El camino en autobús se hace pesado, cansino, ya no hay postura por ensayar para conciliar el sueño. El reloj parece que no corre y todos nos preguntamos, ¿pero cómo vamos a caminar con este cansancio?
Pero, a las 10:30 de la mañana del domingo, después de una noche de autobús, el grupo encara su primera etapa. Todos estamos organizados en 5 grupos, cada uno con un referente sanitario, un sistema de comunicación al principio de la marcha y al final, un desfibrilador y dos bolsas de primeros auxilios.
Empezamos. Partimos para Negreira, a unos 22 kilómetros . La etapa es dura, difícil, con grandes subidas y bajadas, y con lluvia, que hace más incómodo el camino. Pero el grupo está dispuesto a emprender la marcha. Vamos atravesando aldeas rurales, silenciosas, tranquilas (Aldea de Ventosa, Aguapesada...), pasamos por el hermoso río Tambre, que nos llena de paz y de serenidad, hasta llegar a Negreira.
Este camino me ha hecho pensar que así va ocurriendo en nuestras vidas cotidianas. Aparecen los altos y los bajos, los episodios duros y el miedo (nuestro propio ataque cardiaco). En muchos momentos nos hemos querido comer el mundo, pero la vida nos hizo bajar nuestras pretensiones. Pero también hemos comprobado que siempre, hemos seguido adelante, quizás porque alguien estaba ahí y nos invitaba permanentemente a subir la cuesta de la vida.
Este día lo hemos superado, estamos contentos, muy cansados, pero dispuesto a continuar hasta Finisterre. Ojalá no desperdiciemos la oportunidad que nos brinda esta aventura, para adentrarnos en lo profundo de nosotros y en el calor de nuestro corazón.
