Con el buen
tiempo llegan las dietas milagro, vuelven “estos kilos me sobran” o “tengo que
perder la barriguita”… todo ello para sentirte mejor contigo mismo, pero, ¿has
pensado en tus emociones? ¿Cómo las vas a cuidar? Quizá, ahora que empiezas a
cuidarte más, es importante que no dejes atrás ningún aspecto de ti mismo.
Las emociones nos
ayudan a adaptarnos al contexto en el que vivimos. Tanto las agradables, como
la alegría o la satisfacción, como las desagradables, como la tristeza o la
rabia, contribuyen a que nos desenvolvamos en nuestro entorno. Todas son
necesarias.
Hace muchos años,
se consideraba que las emociones se ubicaban en el corazón. Posteriormente,
muchos estudios demostraron que en determinadas zonas del cerebro se
localizaban los sentimientos. Actualmente conocemos con certeza donde se sitúan
nuestras emociones: en todo nuestro cuerpo.
Cuando te alegras, entristeces, estresas o
enfureces, se producen cambios físicos desde el pelo, hasta los pies.
Vivimos en un entorno que se modifica
constantemente y no siempre resulta sencillo adaptarse a estos cambios. En la
actualidad, han aparecido algunos factores que incrementan el malestar general.
Por ello se ven afectadas las ideas, costumbres y prioridades de cada uno de
nosotros.
Cuando
hablamos de crisis económica, debemos ser conscientes de que la crisis no solo
afecta a la cantidad de euros que una familia ingresa al mes. La crisis
económica puede convertirse en muchos casos en crisis de expectativas, de
motivación, de energía, de disfrutar del tiempo libre, de familia y
matrimonios, de autoestima…
Es por ello que
el estrés es una emoción con gran impacto en medio de todo esto, con la
consiguiente repercusión en la salud. Para muchas personas se hace realmente
complicado pensar que posee o cuenta con los recursos necesarios para afrontar
esta situación y adaptarse a ella. Con lo cual, al vivir en un entorno más
demandante y con menos recursos, aumenta el número de personas que padecen
estrés.
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| Celia Ramos Durán |
El estrés es la
respuesta que da nuestro organismo ante un esfuerzo por adaptarse al entorno.
Cuando percibimos que las exigencias del medio en que vivimos son muy altas y
no tenemos capacidades suficientes para atenderlas adecuadamente, estamos
estresados. Aunque hay entornos más y menos demandantes, el estrés es una
emoción. Esto quiere decir que es una experiencia subjetiva, cuya intensidad
depende de cada persona y cuyo origen se
encuentra en el interior de cada uno.
Cuando tienes
muchas exigencias, pero sientes que controlas la situación y que puedes con
ella, no tienes estrés. Puedes tener prisa, o mucho trabajo o poco tiempo
libre, pero no estrés. Te estresas cuando dudas de tus aptitudes para resolver
una circunstancia que posee relevancia para ti. Es por ello que el estrés se
encuentra muy relacionado con la autoestima. Si conoces tus capacidades y sabes
hasta donde puedes llegar, es menos probable que el estrés repercuta en tu día
a día.
Por ello, siempre
que te estresas pasan dos cosas que podrás detectar fácilmente:
1) sientes que
debes atender satisfactoriamente una situación importante y relativamente
urgente
2) dudas de tu
capacidad para hacer que eso ocurra
Es
por todos conocido, que el estrés perjudica la salud mental y física, pero
¿Cómo lo hace? ¿cuál es su modus operandi?
El estrés utiliza dos mecanismos
para “robarte” la salud:
1) Forzando un ritmo acelerado en tu organismo.
Cuando te estresas, tu corazón se acelera, sube tu presión arterial, tu tensión
muscular aumenta,… Tu cuerpo está preparado para salir corriendo, es como pisar
el acelerador. El estrés, aunque hoy en día esté de moda, nos acompaña desde
hace siglos. Era la respuesta adecuada cuando el hombre prehistórico tenía que
correr tras una manada de lobos… y aunque nuestro cuerpo se sigue preparando
físicamente, son muy pocos los casos en los que necesitamos realmente salir
corriendo. Cuanto más pisemos el acelerador, se hace más probable que el motor
se desgaste.
2) Aumentando la
frecuencia e intensidad de conductas poco saludables. Sabemos y tenemos claro
que comportamientos como fumar, no hacer deporte o tener una dieta rica en
calorías son factores de riesgo que perjudican nuestra salud. El comportamiento
es lo que hago y también lo que no hago, y el estrés tiene una influencia importante
en la conducta. Así, cuando estamos estresados, generalmente comemos peor,
fumamos más, llevamos una vida más sedentaria y dejamos muy poco espacio para
el disfrute personal. Cuando hablamos de hábitos saludables, hablamos de
comportamientos saludables, y el estrés se interpone entre tú y dichos
comportamientos.
En conclusión, el
estrés es un factor de riesgo muy importante, tan importante como la dieta, el
tabaco, o la actividad física. No lo descuides. La decisión de solicitar
ayuda profesional, es algo muy personal. Nadie puede decidir por ti a la hora
de pedir consejo a un experto. No obstante, existen algunos indicadores muy
sencillos que pueden orientarte acerca de la necesidad de recibir tratamiento
psicológico:
1) El estrés es demasiado intenso.
Estás viviendo una situación que te resulta excesivamente costosa de llevar y
te genera un gran malestar.
2) Existen muchas situaciones que te
causan estrés. No vives una situación que sea demasiado estresante, pero tienes
muchas “pequeñas situaciones” que añaden malestar a tu rutina.
3) El estrés es
muy duradero. Llevas estresado mucho tiempo.
¿A qué esperas?
Hoy mismo puedes empezar a CUIDARTE, en mayúsculas.
Celia Ramos Durán
@psicocardióloga
www.pueris.com

